La represión en tiempo de coronavirus

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La represión en tiempo de coronavirusUn día nos levantamos en Valencia y sabíamos que se había acabado la party y empezaba el confinamiento. Llevábamos tiempo escuchando que ya había pasado en otros países y esperábamos que aquí también llegara. El coronavirus es un mal que ninguna persona entiende muy bien cómo o porque ha surgido, pero lo tenemos aquí y no podemos hacer nada más que cerrarnos en nuestras casas por solidaridad con la población en riesgo de muerte y el personal sanitario.

Sin embargo, lo que no sabíamos era el nivel de represión y autoritarismo que nos esperaba en este tiempo de confinamiento. La policía tiene cada vez más poder en la calle y el vecindario quiere que esto sea así. Estamos ansiosas por ver como cierran a todas las personas que salen a la calle “sin justificación”. Otra muestra de que, como señalaba Foucault, estamos socialmente diseñadas para ser nuestras propias policías.

Llevamos casi una semana de confinamiento en casa, mis compis de piso y yo tenemos la suerte de conservar nuestros puestos de trabajo así que estamos en un ambiente tranquilo y distendido. De repente, escucho una discusión fuerte y me acerco a la ventana para intentar enterarme de lo que pasa, el miedo a encontrar una vecina asesinada por su pareja me persigue desde que tengo conciencia feminista.

La escena era otra: un hombre de origen árabe siendo asediado por dos policías quienes seguramente creían que estaban salvando a la ciudadanía del contagio del virus. Los miles de personas que salen todos los días a trabajar en fábricas, hospitales, centros penitenciarios, comercios o los y las repartidoras de pedidos no son perseguidas por la policía, aunque tienen el mismo riesgo de traslado y contagio del virus que un hombre que va por la calle sin aparente justificación. Después de discutir un rato, el hombre fue multado y la policía se fue. Cómo si dando un cargo económico a este hombre y dejándolo en la calle todo se solucionara, ya está, el virus no se transmite.

Este hecho que presencié desde mi ventana es una historia cargada de racismo, clasismo y, por supuesto, autoritarismo. Seguramente, a mí no me hubieran parado. Y de ser así, me hubieran enviado a casa con un aviso de no salir “por mi seguridad y la de los ciudadanos”. Pero a aquel hombre de piel morena y de rasgos árabes no le salvó nada de una multa administrativa que acumulará a la lista de gastos del próximo mes.

Somos antirrepresivas porque entendemos que no estamos dispuestas a aceptar medidas autoritarias y limitantes de nuestra libertad simplemente porque estas son “por el bien común”, porque también sabemos que el bien común es el bien de los blancos de clase media. Esta crisis sanitaria ha comportado una serie de acciones sociales como la compra masiva de productos del supermercado o la aceptación de los militares en la calle para controlar que la gente no salga. Acciones motivadas por el miedo de un virus que, si bien es muy contagioso, la mayor parte de la población no tendría ninguna complicación para pasarla de la misma forma que atravesamos una gripe normal. O esto dicen algunos médicos y médicas.

En todo caso, nos encontramos en una coyuntura determinada por el miedo que nos ha convertido en nuestrxs propixs carcelarixs. Y la policía es la autoridad que determina qué razón es válida para salir de casa y qué no lo es. Personalmente, empatizo con el miedo de mucha gente y no he salido de casa desde el lunes más que para ir un día al trabajo y una vez a comprar pero, lo que para mí es incomprensible es la gente que por el miedo pide que nos vigilen como si la ciudad fuera toda entera una gran prisión donde solo se puede hacer lo que ellos decretan como válido.

Otra historia de abuso policial durante este tiempo de coronavirus. Ayer me llegó un video de un chico yendo en la bici y, de repente, dos policías persiguiéndolo a pie en la entrada de València. El chico pega media vuelta e intenta escapar de los polis que van a pie, pero aparece un furgón que lo persigue hasta que el chico se tropieza y cae de la bici. ¿Su delito? Ir por la calle.

Hoy ha salido la noticia que algunas aplicaciones de nuestros teléfonos darán los datos de geolocalización a los gobiernos para controlar mejor que realizamos la cuarentena. ¿Cuánto es el presupuesto que se está destinando a la persecución de la gente que está saliendo de sus casas? ¿Y si ese presupuesto lo destinamos a la gente que está en la calle y que no puede resguardarse del virus?

No estoy proponiendo que no hagamos caso de las recomendaciones que vienen desde la administración y salgamos a la calle en masa. Sin embargo, no deja de sorprenderme que seamos capaces de aceptar un estado policial y persecutor como si de un nuevo presupuesto de farolas de calle se tratara. Es importante que en este momento estemos atentas porque cuando nos queramos dar cuenta, tendremos una nueva ley mordaza todavía más limitante y represora que la actual. No nos podemos permitir perder más libertades.

Habla con tus vecinas, cuida a tus afectos, aprende a hacer cosas nuevas. Haz lo que sea necesario para ser feliz y no necesitar que repriman a las demás para que tú estés tranquila.

Y cuando todo esto acabe, trabaja con tu comunidad, no paguemos las multas, recurrámoslas, desafiamos la represión y el autoritarismo que ahora mismo no podemos por estar solas. Recordemos siempre que juntas somos más fuertes.

Del Coronavirus se sale pero de las políticas neoliberales... no es tan fácil

La represión en tiempo de coronavirusDel coronavirus nosotras no sabemos nada, escuchamos atentamente las opiniones de distintos científicos que se contradicen, pero asumimos que es la ciencia la que tiene legitimidad y conocimiento sobre un virus del que se especula mucho y nada se sabe. Y, como no sabemos, nos dicen que nos mandaran "test" para ver si estamos infectadas y sacan imágenes de las farmacéuticas investigando ya, en estos momentos y en directo, las posibles vacunas que nos venderán por cientos de miles el próximo otoño como mecanismo de prevención. No sabemos, pero acatamos y sentimos miedo, mucho miedo... Y esto es palpable en las eternas colas de lo que sea, supermercados, estancos, farmacias,... observando la nuca del que te precede, siguiendo la nuca del que tienes detrás, como en las antiguas colas para la cartilla de racionamiento o las modernas colas del "black friday" en unos grandes almacenes. Se respira intranquilidad en las calles, en las miradas que saludan desde lejos, a un metro mínimo, y rehuyen del contacto y la ternura de los cuerpos.

Todas somos porteadoras, ay perdón, portadoras de un virus que no es mortal pero asusta. Por eso la gente arrasa con productos que se consideran imprescindibles para la supervivencia como el papel del wc, la carne y las latas de conserva... acapara por si acaso aunque eso suponga que otros se queden sin nada, pero en tiempos de crisis, ya se sabe, lo primero la familia. Y como no sabemos, pues nos lo creemos, aunque la cuarentena nos esté demostrando cada día la necesidad que tenemos de ser con otras, de relacionarnos, bailar juntas, cantar... Y como no escuchamos, no entendemos que la naturaleza es equilibrio y todas las verduras que están de temporada, ayudan a fortalecer nuestro sistema inmunológico contra los problemas derivados del frío y la humedad. Y desde este punto en el que estamos, sin saber nada y tratando de escuchar en la penumbra nos preguntamos... ¿Qué va a ser de nosotras?

Qué va a ser de las más precarias, de las porteadoras, cartoneras, chatarreras, cuidadoras... ¿qué va a ser de todas las que viven al día con los recursos que van sacando?, ¿cómo nos vamos a organizar para dar respuesta a todas las situaciones que se van a generar? ¿Hay tanta solidaridad en esas estanterías vacías y balcones fiesteros? Nuestras vecinas, amigas, hermanas... compas sin papeles sometidas constantemente a controles policiales para ver dónde van, vecinas aisladas con sus maltratadores, presas sin visitas, ni protección, ni contacto alguno con el exterior, ... ¿De dónde vamos a sacar la fuerza para afrontar la que se nos viene encima?. El miedo, el aislamiento, la observación de nucas y los saludos a un metro son formas de interiorizar este control y contribuyen a disciplinar nuestros cuerpos y nuestras mentes, hasta el punto de tratar como delincuente a quien pasea (sola) por la calle (sin perra) o que a nadie le importe que estén controlando nuestros movimientos a través de los GPS de los móviles. No sabemos mucho, pero sí que el coronavirus no se va a quedar en un virus pasajero, de hecho ya nos lo están diciendo, que cuando esto pase hay que pensar en cómo reactivar la economía, fomentar el empleo (y reforzar el ejército, esto no lo han dicho pero como están ahí poniendo personal seguro que algo pillan). Y de esto si sabemos, porque la experiencia nos ha enseñado que eso significa machacar a las personas y colectivos más vulnerables, significa precarizar el empleo y denigrar la vida, significar feminizar la pobreza, los cuidados y todo el trabajo necesario para sostener la vida.

Mañana, cuando esto pase, los mercados reestructuraran mano de obra, que no personas, y los propietarios expropiaran bienes e inmuebles, que no barrios y territorios, y los bancos seguirán robando, endeudando y acaparando, la policía seguirá utilizando la ley mordaza para someternos y el ejército nos habrá mostrado que tiene las calles a un paso. A lo mejor es el confinamiento el que me hace estar tan negativa o es posible que la nueva oleada racista neoliberal que se vislumbra en la penumbra me haga dudar de las expectativas qué pueda tener un sistema criminal y la resistencia que podamos ofrecer desde estas redes tejidas por el miedo. En contra de lo que pueda parecer, valoro mucho todos los aprendizajes colectivos que nos está ofreciendo esta crisis, pero tiemblo al pensar que nos queda mucho sufrimiento que enfrentar más allá de las coronas y los virus. Llevamos mucho tiempo hablando del colapso y ahora lo sentimos cerca: despidos, cierre de comercios, subida de precios, bajada de salarios,…. Y ahora, más que nunca, nos aferramos fuerte a este calorcito que nos dan los encuentros fugaces en momentos inesperados y los abrazos que nos damos al pensarnos. Alimentamos esta llama desde las redes que generamos en el entorno más cercano y la compartimos en esas miradas resignadas llenas de incertidumbre. No sabemos nada, pero lo sentimos todo.

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