¡Necesitamos que todo vaya bien! Hoy, pero, sobre todo, “mañana”

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Photo by Gabriel Jimenez on UnsplashEmiliano de Tapia.- Y, para que así sea, ya nada deberá ser igual cuando haya pasado un solo día después de esta crisis sanitaria del coronavirus. Y, parece, que se nos pueden venir encima amenazas y nubarrones que ya vimos y vivimos de manera escandalosa y muy dolorosa en el año 2008.

Es verdad que nos superan las estrategias geopolíticas que parece que hay detrás de lo que algunos se atreven a llamar como “tercera guerra mundial”. Ese conflicto de poder económico que enfrenta a los EE.UU. y a China, y que es evidente que nos envuelve y determina social, económica y políticamente a todo el mundo desarrollado. Y, ¿qué pasará cuando llegue esta crisis de lleno a los pueblos más empobrecidos? Seguro que no será una más de las estrategias de control mundial y sus consecuencias.

Pero, a pesar del colapso del que algunos grupos y colectivos hablan como consecuencia del estilo de hacer y de las medidas de este sistema socio económico, y nosotros y nosotras en él, tenemos el reto y la obligación de implicarnos y protagonizar un rumbo radicalmente distinto para nuestras vidas y las vidas de tantas gentes. Esta página que tenemos delante no atraviesa tantas veces nuestro modelo de vivir, y en esta ocasión no podemos dejarla pasar sin leerla, releerla y aprender.

Los recortes, cerca y lejos, por tomar como referencia lo más cercano, fueron apareciendo de multitud de maneras en los años 2008 y posteriores, especialmente en los derechos sociales de los colectivos más débiles; y, sobre todo, los sanitarios, teniendo en cuenta de manera prioritaria lo que ahora nos está tocando. Recordamos, ¡cuántos profesionales menos en los cuidados y atención sanitaria!; o, ¡cuánta privatización!; o, ¡cuántos recortes en la sanidad rural, por poner un ejemplo actual. Leíamos hace pocos días el planteamiento con el que la Junta de Castilla y León pretende llevar a cabo la reestructuración sanitaria, y que recogen en los papeles “oficiales”; justificando que, entre otras razones, se ha de realizar esta reorganización porque no existe en los pueblos rurales “masa crítica suficiente” para tener acceso permanente a este derecho. Es decir, quienes todavía lo habitan, por ser personas, no parecen ser sujetos en sí mismos de derechos fundamentales y, especialmente, de éste tan imprescindible. ¿No tiene este planteamiento, como otros, la evidencia de poner lo económico como criterio máximo de los derechos de las personas?

No puede ser lo mismo esta vez y debemos empeñarnos en ello. No puede ser que se ponga en pie con prioridad y primero el sistema económico que sostiene al capital por encima de las personas; y da mucha rabia pensar y ver que la precariedad y la desestructuración social que en estos días aparecen como pequeños picos de iceberg en manos de los Servicios Sociales, que no de los Derechos Sociales, no son sino realidades que venimos acumulando y acompañando, con extremo dolor, desde aquella falsa, pero cacareada y pesada crisis. Probablemente programada por un sistema socioeconómico que necesita de esos “momentos valle” social y económicamente para continuar acumulando inmensas riquezas en un mundo cada día más desigual y excluyente. Probemos a consultar datos y cifras de cualquier estudio sobre la evolución de la desigualdad en los últimos diez o quince años. Y, aún más evidente, quienes estamos acompañando personas y realidades colectivas de exclusión social y empobrecimiento, lo hemos experimentado de manera más viva que en los fríos datos de los análisis, con enorme impotencia.

¡Que vaya primero y por delante, para que todo vaya bien, el mejor capital; el que suponen las personas!

Que vaya por delante y primero. Ya les vale de desahucios; como ya les vale de hipocresía con los Bancos de Alimentos; y ya es tiempo de que les vayan dando vergüenza las expulsiones de seres humanos “en frio o en caliente”, y la permanencia de los CIES y todo cuanto sabe y suena a represión. Y ya les vale de agroindustria, de negocio alimentario, de PAC y desprecio para tantos pueblos rurales a quienes se les ha quitado su sentido de ser y de vivir. Y ya les basta de impunidad ante el silencio y la dejación intencionada que han llevado a tantos barrios a no tener ni futuro, ni vuelta atrás. Y ya les vale el mercado del empleo sin la mínima posibilidad de ser valoradas tantas personas que ponen el sentido de su vida en el trabajo y los cuidados comunitarios, pero no cuentan. ¿Habéis visto cómo se les tiene en cuenta a las personas trabajadoras del hogar, gran mayoría mujeres, que también en las circunstancias actuales no pueden beneficiarse de las medidas económicas tomadas para hacer frente a las consecuencias del coronavirus? ¿No estamos oyendo de atender a los sin techo en espacios cerrados pero dejando claro que hasta que se termine esta situación? ¿No es y sería esta realidad, ¡ya!, una partecita a cuidar para que nos obligue a caminar hacia la Renta Básica de las personas iguales? En estas medidas y en esta falta de sensibilidad radica el colapso que tantas personas y colectivos sufren directamente en sus propias vidas.

Esta pandemia, nos está llevando, una vez más en momentos duros y difíciles, a agradecer gestos de solidaridad personal y colectiva, pues aparecen signos innegables de hondura y sabor humanos. Pero, me preocupan mucho más otras determinaciones preocupantes que aparecen fruto de un arraigo consentido y resignado en la sociedad. Por ejemplo, que sea el Ejército quien acompañe a las personas sintecho, y no nos planteemos hoy, y sobre todo mañana, las escandalosas cifras dedicadas a la militarización de estos Ejércitos y de la sociedad; teniendo, sin embargo, la urgencia por delante de afrontar la necesaria organización comunitaria que, con los recursos imprescindibles, podamos tener los espacios educativos de acompañamiento para poder apoyarnos en la recuperación de tantas vidas rotas y desestructuradas. O que, ante la ola de petición y disponibilidad de hoteles o de estructuras privadas y públicas para acoger a colectivos empobrecidos, sin embargo, no se frene, se cuestione y se transforme radicalmente ese tipo de turismo para el que se han invertido y se dedican tantísimos recursos, pero que sin embargo tanto nos está deshumanizando, pues está generado y potenciado sólo para el negocio y el mercado. O, cómo la privatización de casi todo, sanidad, educación, vivienda, nos pone ante la destrucción y el “ninguneo” de los derechos de todos y todas las personas que están en el cuidado de lo público.

Y es que “todo irá bien”; o mejor, nada podrá ser de otra manera “mañana”, después de esta pesadilla del coronavirus, si nuestras estructuras sociales, económicas, políticas, culturales y religiosas que están siendo el sostén de una manera de vivir como la que tenemos, no sin la buena voluntad y disponibilidad personal o colectiva; no están dispuestas a posibilitar todos los derechos personales y comunitarios que nos empujen a construir y a descubrir, que la vida y el apoyo a todas las vidas son nuestra prioridad y la del modelo de vida distinto que buscamos.

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