Y después de todo esto, ¿qué?

Solapas principales

Crédito Fotografía: Rob Stanley, bajo licencia creative commons.Margalida Ramis | GOB.- La crisis provocada por el COVID-19 demanda al ecologismo social disponer de una agenda para una transición ecosocial, que tenga en cuenta una perspectiva inmediata y, al mismo tiempo, un horizonte que nos aleje de las lógicas irracionales de un capitalismo que ha híperturistizado algunos territorios.

Van pasando los días y las semanas, son muchos los análisis y reflexiones que se van sucediendo y que se van publicando en medios diversos. Estamos en una situación sin precedentes y se prevé una crisis profunda del capitalismo neoliberal globalizado –hay quien hablan de cambio de era– llena de incertidumbres, pero que a la vez pone en evidencia muchas certezas inherentes que han sido incansablemente denunciadas y combatidas desde izquierda social y el ecologismo político.

Desde mi punto de vista, son especialmente interesantes los artículos que explican porque se ha producido una pandemia mundial de estas dimensiones y, sobre todo, porque nos ha cogido tan vulnerables. En este sentido y para empezar territorializando la crisis, tomo como punto de partida el artículo publicado por Alba Sud "La singularidad cultural como causa de la expansión del COVID-19 en España: una respuesta" de Ivan Murray y Ernest Cañada.

En el caso de las Islas, somos un territorio y una economía totalmente turistitzada. Y como nosotros, muchos territorios y ciudades del mundo que han tendido a la especialización turística en un mundo globalizado e hiperconectado en que hemos dejado que "otros" nos provean de los servicios esenciales básicos, mientras nosotros nos dedicábamos a poner a disposición territorio y personas para engordar los beneficios de la industria turística, inversores y mercados. A cambio, puestos de trabajo en los sectores directamente vinculados a los servicios turísticos (hoteles, bares, restaurantes, agencias de viajes, empresas de alquiler de coches, etc.) y otros relacionados indirectamente por ser proveedoras de las que se han considerado directamente turísticas (alimentos y bebidas, construcción, productos del sector primario, textiles, lavandería, electricidad, agua y gas, mantenimiento, consultoras, empresas de servicios para las empresas turísticas, etc.). Puestos de trabajo cada vez más precarizados, en muchos casos no regularizados, de baja cualificación y bajo reconocimiento, que son los que ahora, sufrirán de manera más directa y dramática los efectos derivados de la crisis del COVID-19, tanto por la paralización en seco actual de la economía por el confinamiento –que en muchos casos sobrevivían ya por una economía de subsistencia a diario–, pero también y mucho, por el escenario económico post COVID-19, un callejón sin salida capitalista que tendrá en el sector turístico los efectos más devastadores.

Ante esta realidad, inmediata y futura, ¿qué respuesta podemos dar desde el ecologismo político y social? La parálisis total que ha representado para la economía, pero también y, sobre todo, para nuestras vidas cotidianas la crisis sanitaria del COVID-19, se nos abre como un espacio de reflexión. Pero no solo eso. La actual situación podría acabar representando un "resset" al sistema. Hemos parado en seco y ahora habría que enfocar bien, y cambiar de dirección hacia sociedades sostenibles, justas y democráticas.

Denunciamos las lógicas irracionales del capitalismo

Al repensar este nuevo rumbo, desde el ecologismo no partimos de cero. Hace tiempo que denunciamos las lógicas irracionales del capitalismo neoliberal que, en nuestro territorio, tiene la industria turística como máximo exponente. Y hace tiempo que denunciamos el impacto que, sobre el territorio y las personas, ha tenido este modelo que actúa con una lógica extractivista en los territorios que coloniza –como dice Joan Buades en el documental

>Tot inclòs: danys i conseqüències del turisme a les nostres illes. El ecologismo ha denunciado la sobreexplotación de los recursos naturales, la destrucción del territorio por un urbanismo salvaje ligado a las economías especulativas derivadas del binomio turismo-construcción, en el que han pivotado las salidas hacia adelante de nuestra economía insular ante otras crisis sistémicas precedentes. Hemos denunciado la destrucción de infraestructuras que superan la capacidad de carga de un territorio insular limitado. Pero también hemos denunciado la economía de plataformas que ha irrumpido violentamente en los últimos tiempos facilitando la mercantilización turística en nuestras propias casas. Todo bajo un falso relato de "comunidad" y con el engaño de la democratización de los beneficios turísticos, cuando lo que hacía era poner a disposición de las lógicas mercantilistas un bien esencial como es la vivienda, confrontado y sometiendo el derecho básico a tener una vivienda digna a la mercantilización turística de nuestras viviendas, lo cual ha generado una fractura social sin precedentes, que ahora, con la crisis COVID-19 y la obligación del confinamiento, se ha hecho más que evidente: gente sin techo, huelga de alquileres, hacinamiento en los barrios más empobrecidos de nuestras ciudades, etc.

Redirigir la economía, cambio de sentido

No solo nos quedamos con la denuncia de los impactos sobre el territorio, los recursos y las personas. Hace tiempo que apuntamos la necesidad de reenfocar la economía hacia la resiliencia y la recuperación de soberanías en los medios de producción. El argumento que en estos últimos tiempos nos ha dado fuerza para incidir en este debate ha sido la crisis climática. Una vez declarado el estado de "emergencia" climática por parte de las instituciones, hemos empezado a pedir una verdadera asunción del estado de emergencia. Y, por lo tanto, una asunción política y social real de la urgencia de empezar a hacer un viraje radical de modelo, enfocando las prioridades estratégicas en los sectores de producción que proveen las necesidades básicas para sostener la vida y producido con condiciones decentes para sostener vidas dignas. Es decir, la producción no desde el punto de vista de la lógica de la acumulación de capital para unos pocos a costa de la mano de obra precarizada de muchos, sino, desde el punto de vista del sostenimiento de la vida y de la justicia social y ambiental. Nuevas formas de concebir lo público y, porqué no, explorando nuevas fórmulas de cooperación público-cooperativas, en vez de las habituales público-privadas o privatizaciones totales que han convertido la producción en una pugna capital vs vida.

Revisar qué hay que producir para convertirse en una sociedad más fuerte ante las adversidades que sabemos que venderán: climáticas, como el caso del temporal Gloria, sociales, por pico de petróleo o pico de materiales, por cuestiones geopolíticas ajenas o por rupturas de las estructuras del capitalismo turístico global, como pareció que debía ser la quiebra del gigante touroperador Thomas Cook.

En el marco de la emergencia climática, reclamábamos un punto de inflexión en las políticas para romper con las inercias de un modelo que ya mostraba sus vulnerabilidades cada vez que algún fenómeno externo desequilibraba el monstruo construido con pies de barro. Pedíamos, entre otras cosas, y en concreto, una paralización de todas las obras y planificaciones de nuevas infraestructuras previstas en épocas de expansión inmobiliaria y turística y que, en un escenario de crisis climática, perdían todo el sentido: ampliación del aeropuerto, carreteras, puertos, etc. Pedíamos la desclasificación de suelo urbano y urbanizable sin desarrollar y que se convierte en suelo para la especulación inmobiliaria de los fondos buitres internacionales para la construcción de casas de lujo, mientras la sociedad se encuentra en estado de emergencia habitacional. Pedíamos la reducción de plazas turísticas y la planificación consensuada y estratégica de la desturistització de la economía. Pedíamos una revisión de los presupuestos públicos destinados a revisar el metabolismo económico de nuestra sociedad y planificar los costes asociados a una transición socioecológica real en el marco de un futuro incierto pero que previsiblemente encadenará una crisis tras otra, y ante el que necesitamos enfocar hacia construir una sociedad resiliente.

Como apuntaba Yayo Herrero en la charla que hizo el pasado sábado 4 de abril, «Coronavirus: Perspectivas con la vida en el centro», con Eva García Sempere, debemos replantearnos: 1) qué necesidades hay que satisfacer (producir en términos de vida y no de demanda); 2) pensar qué hay que producir para satisfacer las necesidades básicas para sostener vidas dignas para todas y todos; y 3) valorar cuáles son los trabajos socialmente necesarios.

Ante esto, el GOB ha pedido estar presente no solo en los organismos de participación que abordan las cuestiones territoriales, urbanísticas y ambientales. Queremos estar también en los organismos que aborden el modelo económico, donde se sientan los representantes de las empresas y patronales de los sectores económicos de las Islas Baleares, y los sindicatos como agentes sociales. Consideramos que el ecologismo, como agente social capital para afrontar el escenario de emergencia climática debe aportar la visión necesaria para garantizar que la salida de la actual crisis se hará en términos de justicia social, climática y ambiental. Vida por encima del capital. La vida en el centro, la de las personas y la de toda la biodiversidad y recursos naturales necesarios para sostener la vida, porque somos seres ecodependientes, algo que indebidamente parece como que se nos hubiera olvidado. El ecofeminismo, la economía ecológica y los valores del ecologismo social deben estar presentes dentro de los nuevos escenarios que surjan de las crisis actuales. En el momento de hacer estas demandas –hace 2 o 3 meses– nos situábamos con el escenario de crisis climática. Ahora continuamos en estado de emergencia climática a la que debemos sumar la crisis sanitaria del COVID-19. Una pandemia que no sólo representa una crisis sanitaria sin precedentes, sino que lo que ha hecho es poner de manifiesto una crisis mucho más profunda y estructural que es la crisis del sistema económico y de las sociedades capitalistas.

El COVID-19 precipita el cambio

Así, de repente, nos hemos visto inmersos en una crisis a escala global: el confinamiento, y la caída de toda la cadena global de producción, en un mundo que ha sometido la vida a las lógicas de mercado hiperglobalitzadas e hiperconectadas. Y nos damos cuenta que estamos en un mundo que ha desmantelado los servicios públicos esenciales y privatizado los bienes comunes, que ha desmantelado lo común y colectivo, que se ha establecido en entornos urbanos y que bajo la cuestión de la "seguridad", ha generado desigualdades y privilegios y ha alimentado los fascismos. Y se nos hace evidente que este diagnóstico "global" tiene una lectura idéntica en la escala local que nosotros habitamos donde la forma de vida hegemónica (en sus dimensiones económica, política y social) no ha sido en absoluto cuestionada y, por tanto, somos una pieza más de esta realidad global que ahora se nos ha escapado de las manos (humanas).

Aterrizando nuestro análisis, territorializando en nuestra escala insular, la de una sociedad (más) turistizada del Mediterráneo, nos damos nuestra vulnerabilidad y los pocos mecanismos que tenemos para hacer frente a la situación. Y lo que es peor, ahora ya no tenemos el tiempo de hacer una transición más o menos a corto o medio plazo, que parecía que era el margen que, a pesar de la urgencia que nosotros denunciábamos, parecía que nos daba asumir de manera real –política, económica y socialmente– la emergencia climática. No, ahora ya no tenemos este tiempo de transición. El sector económico casi único y exclusivo que sostiene la economía de las Islas (a costa de territorio y personas, recursos naturales y precarización) ha caído de golpe. Y sí, el hecho de que nosotros y las actividades económicas y cotidianas de un sistema en crisis que seguíamos manteniendo a pesar de las evidencias, se hayan paralizado en seco, da un respiro a la naturaleza, pero esta no es la receta a seguir porque es una tregua y, además, con un coste social demasiado elevado, entre otras cosas por el sufrimiento humano que implica y la pérdida de las libertades colectivas.

El ecologismo social tiene respuesta a medio plazo, para un escenario de transición (que sigue siendo igualmente necesario). Pero, ¿y en lo inmediato? Necesitamos abordar una situación compleja en la que, de golpe, miles de personas en las Islas se verán directamente afectadas por la pérdida de su puesto de trabajo. Algunos tal vez de forma temporal, muchos permanentemente, porque el nivel de actividad no se reanudará por muchas campañas de promoción turística, rebajas fiscales o ambientales que se quieran o pretendan hacer. Y quien lo pide es porque: o bien, no es consciente de la magnitud del impacto global que la crisis del COVID-19 ha desencadenado; o bien, pretende aprovechar la situación en beneficio propio. Y sabemos que de todo habrá. Inconscientes, por un lado, y poderosos por la otra, que pretenderán seguir manteniendo sus privilegios a costa de vidas si es necesario.

No, todo apunta a que no se podrá salir de esta crisis como se salió (con un coste social muy elevado) de la crisis 2008: con recortes austericidas, rescates bancarios y empresariales, y más turismo y más construcción como receta local, a costa de territorio, recursos y garantías sociales y salariales. Porque nunca antes se había roto en seco la cadena local y global de producción. Habrá un pánico en las mercados financieros y el turismo, la segunda economía mundial después del petróleo, sufrirá especialmente el impacto de este paro global y será el sector que más difícil tendrá su recuperación (según datos de la OCDE y la UTAH) expuestas por Iolanda Fresnillo en el webinar organizado por el ODG "Coronavirus y crisis económica: plan de choque social y plan de recuperación".

Por lo tanto, necesitamos que nuestra propuesta de agenda para la transición ecosocial, tenga en cuenta esta perspectiva inmediata que la situación requiere. Y por eso apuntamos algunas de las cuestiones que consideramos básicas y esenciales como plan de choque inicial enfocado en la justicia social y ambiental a fin de enfocar bien de una vez hacia dónde deberán tender las políticas postCOVID-19 en una sociedad y economía híperturistitzada:

  1. Consideramos imprescindible paralizar las propuestas dirigidas a intentar "recuperar" el ritmo y condiciones de la situación que precedía al COVID-19. Debemos recordar que esta situación no era una buena para todos, solo para unos pocos. Por lo tanto, desde el ecologismo social y político tendremos que hacer un bloque social fuerte para hacer frente a las peticiones de rebajas de requisitos ambientales que pretenderán ignorar la crisis climática urgente que nos espera al haber superado la crisis sanitaria actual y que forzosamente debe ser el marco evidente y presente de las futuras políticas. No podemos obviar la crisis climática. Nuestra casa, la de todas y todos, aún está en llamas como decía Greta Thunberg.

  2. Es necesario un plan de rescate social para las trabajadoras y trabajadores de los sectores directa e indirectamente vinculados con el sector turístico. Quizás ahora, es el momento de garantizar una renta social básica para aquellas trabajadoras que perderán definitivamente su puesto de trabajo de manera inmediata y permanente.

  3. Es necesaria también una revisión de la fiscalidad, con ayudas a los sectores sociales más vulnerables y la implicación activa y solidaria de las empresas que ahora mismo solo intentan evitar su descapitalización despidiendo personal. No se puede dar respuesta a las demandas de los que siempre ganan: Exceltur pide un plan de rescate para las empresas turísticas exigiendo, entre otras cuestiones, la condonación y moratoria del pago de impuestos y cuotas de la seguridad social, como dice Gabriel Escarrer en una entrevista reciente en El Economista.

  4. Y para avanzar desde ya en la profundización democrática en la toma de decisiones para la salida de esta crisis sanitaria y garantizar que la crisis y la paralización económica no se conviertan en una nueva excusa para aumentar el deterioro ecológico, el empobrecimiento de la mayoría y la vulneración de los derechos más elementales, consideramos imprescindible la creación de una Mesa de Trabajo desde ahora mismo, con todos los actores políticos, empresariales y sociales –que incluya no solo sindicatos– para un reenfoque progresivo de las políticas presupuestarias dirigidas a que la economía arraigue en los territorios, relocalizando, simplificando y acortando los circuitos económicos. Por todo ello, proponemos:

    • Posibilitar una renta básica universal, pero no solamente. Puede representar una solución para afrontar la crisis inmediata de las personas sin ingresos o con ingresos insuficientes, pero como apunta Amaia Pérez Orozco en una entrevista a eldiario.es, hay que ir más allá de dar una solución individual. A la larga hay que apostar por reducir el nivel de necesidades de ingresos y colectivizar y desmercantilizar cuestiones esenciales para sostener la vida (casa, educación, sanidad, alimentación,...). En este sentido, se trata de poder garantizar unos servicios públicos básicos y universales.
    • Profundizar en un reenfoque de las políticas hacia sectores productivos esenciales considerados estratégicos en el nuevo escenario del metabolismo económico focalizado en la relocalización, la resiliencia y la recuperación de soberanías, la justicia social y la justicia ambiental y climática, es decir, relocalización de la producción para dirigirse hacia un modelo autocentrado (y no rentista) que atienda el cómo se produce y qué servicios esenciales se dan (economía social y solidaria).
    • Recuperar la gestión pública de los sectores productivos estratégicos (energía, agua, sanidad, educación, cuidados ...).
    • Aumentar el control social sobre las empresas turísticas. Si el turismo debe seguir teniendo una cierta presencia en un escenario de diversificación económica, tal vez dirigida hacia una experiencia turística más cercana y de consumo interno, lo que hace falta es garantizar la actividad en el marco de las prioridades ambientales inexcusables y, por otra parte, asegurar el rendimiento social y por lo tanto la distribución de la riqueza que genera. En este, y si se sigue considerando un sector "estratégico" para salir de la crisis, se necesitan nuevos paradigmas de propiedad y redistribución de los recursos. ¿Por qué no pensar en incrementar los mecanismos de control público, sindical y social sobre su funcionamiento? ¿Por qué no avanzar en la construcción de nuevas formas de alianzas público-cooperativas de gestión? ¿Por que no optar por formas de gestión públicas de ciertas actividades turísticas?
    • Impulsar un plan de formación para la generación de competencias sociales en los nuevos ámbitos de producción vinculados a la gestión del territorio y los recursos.

Con todo, lo que necesitamos es pensarnos como conjunto, como sociedad, para abordar juntos el miedo de la incertidumbre del futuro que ha precipitado la crisis del COVID-19 y garantizar que la salida no será un sálvese quien pueda. Quizás este es el cambio esencial más radical en el modus operandi hasta ahora conocido en que las grandes instituciones velan por los grandes capitales en momentos críticos. Si conseguimos esto, tal vez esta crisis actual habrá sido verdaderamente el punto de inflexión para el cambio de rumbo necesario para romper con las hegemonías económica, política y social que nos han abocado a la situación actual, tanto en el contexto global como en casa. Aquí en las islas, pensar en esta posibilidad es asumible, por las dimensiones y por el número de actores involucrados. Pero la clave ser que todo el mundo sea consciente que la isla es nuestro barco y que tendremos que remar todos a una para que no se hunda. Este es el gran reto.

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