Una tormenta de fuego y odio castiga a Palestina. Miles y miles de personas pierden todos los días en Gaza sus hogares, escuelas, hospitales… sus vidas. Un inmenso dolor se añade al de siempre, el que comenzó hace 75 años con la expulsión en masa de un millón de habitantes para crear por la fuerza militar el Estado de Israel en 1948. No es solo una guerra, es pura limpieza étnica, es un genocidio.

“Tengo constantemente ideas de matarme”, “no pasaría nada si me muero”, “ya no tengo fuerzas para intentar nada más” son algunas de las frases que me he ido encontrando en contextos terapéuticos con personas trans durante el último año. La preocupación y la consternación por estas personas que no pueden más con sus vidas son abrumadoras.
¿Están las militancias atrapadas en el tornado individualizante y paralizador del no me da la vida, la falta de compromiso, ilusión y apuesta comunitaria?