Integrar y tolerar

Imagenhalabedi.eus. Isa Alvarez.- Si en una conversación aparecen frases como “no se integran” o “yo soy tolerante”, activa tus alarmas y respira hondo porque vienen curvas. Muy probablemente quien te lo diga sea una persona bien blanca, casi seguro en una posición de privilegio y casi seguro, si rascas un poco, sus orígenes no son tan autóctonos como pretende hacer ver. Y digo casi seguro, porque como en todo, hay excepciones. Pero lo que sí parece seguro es que siente la necesidad de alejarse de esa “otredad” de quienes, según su criterio, no se integran y a quienes tolera.

Ambas expresiones, implican colocarse en un lugar superior, suponen pertenecer al modelo adecuado, EL modelo bueno o, como nos dice Miki Kendall en Feminismo de Barrio, el modelo que te convierte en alguien “decente” para la sociedad. Lo que, en estos días, o más bien en la historia de la humanidad, se reduce a seguir unas normas que impone un sistema construido para unos y unas pocas a cuenta de la opresión de la mayoría.

Desespera encontrarse con estas expresiones en conversaciones con personas cercanas, sobre todo cuando se sabe que son atravesadas por ejes de opresión y que su reacción más que por la conciencia y asunción de en qué eslabón de la cadena se está, pasa por consolarse encontrando eslabones que estén aún más abajo y generando espejismos que las identifican con las de más arriba. Y nos encontramos con momentos que nos dejan perplejas, como los de las personas pobres de Estados Unidos diciendo que Trump es “uno de los suyos”.

Los últimos tiempos nos enseñan que esto está permeando en personas de todas las edades y en algunos casos es agudo entre personas a las que la opresión las atraviesa de forma dura. Antes de incluirse en la periferia del sistema, ven necesario señalar otras periferias y ahí aparece en todo su esplendor el racismo, machismo, clasismo y lo que sea necesario. Y mientras se señala esa otredad dejamos de mirar a quien realmente nos oprime a todos y todas. Por supuesto el hecho de que estas personas sean parte de las oprimidas no las justifica, aunque ellas crean que el contar con carencias les otorga barra libre para atacar a las otras.

En todo ese ruido me resuenan mucho las palabras integrar y tolerar. Ser tolerante ha sido históricamente la manera de decir “soy racista pero no tanto” porque la sola expresión ya coloca al sujeto en una situación de poder. ¿Quién tolera? ¿Por qué tiene que tolerar? ¿Quién decide qué se puede tolerar o no?. Silvio Rodriguez lo resume bien cuando dice que “la tolerancia es la pasión de los inquisidores”.

Y luego está lo de integrar. Uff. Me enfada cuando esa palabra viene de personas que ni siquiera se han parado a pensar en lo que significa estar “integrado, integrada”, incluso lo que supone para ellas en su día a día. O que hablan de integración cuando en la mayoría de los casos querrían decir desaparición, que las diferencias se desintegren, ignorando a su vez las desigualdades estructurales que las acompañan.

Las desigualdades son la jerarquización de las diferencias, ordenadas desde criterios de quienes ostentan el poder y suponen en la práctica premiar o penalizar dependiendo del lugar que se ocupe. En esa jerarquía lo premiado, lo normal, es el marco blanco, heteropatriarcal, capitalista en el que la humanidad lejos de ser sujeto, se convierte en un recurso más, necesario mientras contribuye a la reproducción del sistema y prescindible cuando se rebela contra él.

Lo premiado pretende ser el TODO, cuando no es más que una parte, pero muy poderosa, para la que integrarse supone anularse como persona sujeta de derechos y pasar a ser objeto de mercado y en la que cuando alguien se rebela, cuando no encaja, pasa a ser “lo otro”, lo no deseable.

Y cuando se está dentro de lo no deseable pareciera que reconforta creerse que otras son menos deseables aún.

Por todo esto, tolerancia e integración para mí son términos por extinguir si no es para evidenciar relaciones de poder. Son términos que están en lo no deseable para quienes nos peleamos por un mundo más justo en el que la diversidad sea riqueza y se entienda la construcción colectiva, comunitaria como una suma de diferencias. Un mundo en el que, cuando hablemos de igualdad o equidad no hablemos de cubrirnos con un manto que nos haga a todas iguales, sino con redes en las que juntas construyamos mundos que nos garanticen los mismos derechos abrazando y no penalizando nuestras diferencias.

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