Escribo ya desde el barrio dónde crecí, con su diversidad de construcciones, los puestos de fruta en la calle, la música alta a cualquier hora, las aceras medio rotas. Pero también de los saludos de las vecinas a mi padre, de que echen un ojo a mi abuela cuando va hasta la tienda, preocupándose de que no resbale, interesándose por su salud. Resquicios de vida comunitaria en el centro de una ciudad herida por la desigualdad. Por un lado los altos y sofisticados rascacielos, con videovigilancia y lujo carcelario. Al lado las ocupaciones en las lomas, el laberinto de casas, escaleras, crianzas, perros sueltos, plataneros. Los barrios populares donde la vida se desarrolla desordenada, compleja, pero sobre todo pulsante.